Educar: acompañar más que guiar.

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Muchos padres y maestros creen que educar es transmitir a sus hijos los conocimientos, valores y comportamientos que ellos han aprendido a lo largo de su vida. Sin saberlo están educando a imagen y semejanza del yo. Están moldeando, no educando.

Educar no es conseguir que nuestros niños se conviertan en personas como nosotros, sino en personas MEJORES que nosotros. 

La “educación moldeadora” es un camino largo y lento pero en el que, sin darte cuenta, te vas adentrando en el bosque tenebroso del “haz-lo-que-te-digo”. Del “debes compartir” pasamos al “debes escuchar a la maestra” y luego al “debes hacer tus deberes” hasta que nos encontramos ante el temible “olvídate de la música, ¡debes ser  ingeniero!”.

Platón decía: “educar es enseñar a desear lo deseable”, pero ¿qué es lo deseable? ¿Lo que el educador ha prescrito?

Educar no es enseñar sino un proceso de apertura de oportunidades.

Educar no consiste en decir qué debe hacer el individuo en todo momento. Educar consiste en lograr que el niño aprenda a elegir. Elegir sus deseos. Elegir sus proyectos y, sobretodo, elegir sus errores. Apoyado en estos 3 pilares, el niño forjará su experiencia (distinta a la nuestra), moldeara su carácter (distinto al nuestro) y construirán su vida (libre, independiente y distinta).

Lo deseable para un niño de 3 años no es lo mismo que para uno de 10.  Y por no hablar de los adultos, cuyos deseos se encuentran a años luz de los del niño.

Para un niño de 3 años, “compartir” no es nada deseable. Pero con el tiempo aprenderá que sin compartir, la diversión se torna muy limitada. También aprenderá que compartiendo se asume el riesgo enorme de perder el juguete. Con la experiencia, el niño aprenderá a disponer en su balanza ambos intereses. Aprenderá a elegir y aprenderá a asumir riesgos.

Entonces, ¿cual es el papel del educador? Simplemente acompañarle.  Ayudarle a reflexionar sobre el camino. A clarificar sus dudas y disponerlas ante sí para que él elija. Advertirle (no prevenirle) de los riesgos para que, en cada paso sea él quien decida como asumirlos. En definitiva ser su compañero. Permitir que se equivoque de camino, porque tal vez, en el camino que para no nosotros es el equivocado, descubra el sentido de su vida.

Pero tampoco olvidemos nuestro papel protector. En el camino equivocado el joven también puede toparse con un abismo (como el de las drogas, por ejemplo). Permitamos que se acerque a él. Que observe el fondo del abismo desde la posición segura que nosotros le ofrecemos y que sea él, en su libre albedrío, quien elija cambiar de ruta. Tranquilos, nadie desea tirarse por un abismo. Solo se cae en él cuando nadie se lo ha mostrado.

Nuestra labor como educadores no es guiar sino ser unos meros compañeros en su viaje. Compañeros con los que charlar, reflexionar y, por encima de todo, compañeros en los que confiar.

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